El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro D’Artagnan supo que el rey hacĂa quince dĂas que estaba taciturno; que la reina madre estaba enferma y abatida; que el duque de Orleans se volvĂa devoto; que la princesa padecĂa accesos histĂ©ricos, y que Guiche habĂa partido para sus tierras, que Colbert estaba radiante de gozo, y que Fouquet cambiaba todos los dĂas de mĂ©dico, que no le curaba, y que su principal enfermedad no era de las que curan los mĂ©dicos.
TambiĂ©n contaron al gascĂłn que el rey trataba con grandes miramientos al superintendente, del que no le apartaba: pero que Fouquet, herido en el corazĂłn como árbol frondoso carcomido por un gusano, desmejoraba a pesar de las sonrisas del rey, sol de los árboles de la corte; que el rey no podĂa prescindir de La ValiĂ©re, y que si no la llevaba consigo a las cacerĂas, le escribĂa cartas y más cartas, no ya en verso, sino, lo que era peor, en prosa y mucho.
En efecto, se veĂa al «rey más grande del mundo», como decĂan los poetas de aquel tiempo, apearse del caballo «con ardor sin igual», y trazar sobre la copa de su sombrero y en estilo culterano frases que su ayudante de campo perpetuo, Saint-Aignán, llevaba a La ValiĂ©re a escape y a riesgo de reventar sus caballos.