El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—¿Vuestra Majestad no tiene que darme ninguna orden más?

—No… ¡Ah! Sí. En el palacio de Nantes, que está muy mal distribuido, según dicen, acostumbraos a colocar mosqueteros a la puerta de cada uno de los principales dignatarios que me llevaré conmigo.

—¿De las principales? ¿Cómo verbigracia a la puerta del señor de Lyonne? ¿De los señores de Brienne, Leteller y Fouquet?

—Sí.

—Está bien, Sire. Parto mañana.

—Dos palabras aún, señor de D’Artagnan. En Nantes encontraréis al duque de Gesvres, capitán de los guardias. Cuidad de que los mosqueteros estén alojados antes de que los guardias lleguen. Ya sabéis que los que llegan primero sacan provecho.

—Es verdad.

—¿Y si el señor Gesvres os interroga?

—¿A mí? ¡Bah!, ¿a título de qué tendría que interrogarme el señor de Gesvres?

Y el mosquetero dio marcialmente media vuelta y salió, mientras decía para sí:

—¡Nantes! ¿Por qué no se ha atrevido a decir inmediatamente Belle-Isle?

Al llegar a la puerta principal, un dependiente del señor de Brienne se acercó a D’Artagnan.

—¿Qué hay, Arístides? —preguntó el capitán.


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