El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—¿El acceso? —dijo la esposa del superintendente.

—No es nada, gracias —respondió Fouquet.

—¡Qué! ¿Estáis enfermo monseñor? —preguntó D’Artagnan.

—Pillé unas tercianas en Vaux.

—¿La humedad de las grutas, de noche?

—No, por una emoción.

—Sí, la excesiva solicitud que pusisteis en recibir al rey —dijo La Fontaine con voz sosegada, sin saber que decía un sacrilegio.

—Nunca es uno bastante solícito en recibir al rey —dijo cariñosamente Fouquet a su poeta.

—El caballero querrá decir ardor —repuso D’Artagnan con amable franqueza—. La verdad es, monseñor, que nunca se ha ejercido la hospitalidad como en Vaux.

La esposa de Fouquet dejó comprender claramente, en la expresión de su rostro, que si Fouquet se había portado bien con el rey, el rey no había correspondido con el ministro.

Pero allí sólo sabían el terrible secreto del rey, D’Artagnan y Fouquet; y si el primero no se sentía con valor para compadecer, el segundo no tenía derecho a acusar.

El capitán, a quien entregaron las doscientas pistolas, iba a despedirse, cuando Fouquet se levantó, tomó un vaso, hizo que dieran otro a D’Artagnan, y dijo:


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