El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —A la salud del rey, «suceda lo que suceda».
—Y a la vuestra, monseñor, «sobrevenga lo que sobrevenga» —contestó D’Artagnan bebiendo.
Después de estas palabras de mal agüero, el gascón saludó a todos, que se levantaron y oyeron el ruido de las espuelas y de las botas de aquél hasta que llegó al pie de la escalera.
—Por un instante creà que venÃa por mÃ, y no por mi dinero —dijo Fouquet, esforzándose en reÃrse.
—¡Por vos! ¿Y por qué? —exclamaron los amigos del superintendente.
—No nos hagamos ilusiones, queridos hermanos mÃos en Epicuro —dijo Fouquet—; no quiero hacer comparaciones entre el más humilde pecador de la tierra y el Dios a quien adoramos; pero ese Dios dio un dÃa a sus amigos una comida que se llama la «Cena», y que lo fue de despedida como la que estamos celebrando en estos momentos.
Todos lanzaron una voz de dolorosa negativa.
—Cerrad las puertas —dijo Fouquet. Y cuando salieron todos los criados, añadió, bajando la voz—: ¿Qué fui y quién soy, amigos mÃos? Reflexionadlo y responded. Si un hombre como yo, desciende desde el momento en que deja de elevarse. No tengo ya dinero ni crédito; sólo tengo enemigos poderosos y amigos que nada pueden.