El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —Ya que os explicáis con tanta franqueza —exclamó Pelissón levantándose—, también nosotros debemos ser francos. Si estáis perdido, corréis a vuestra ruina y debéis deteneros. Ante todo, ¿qué dinero nos queda?
—Setecientas mil libras —respondió Fouquet.
—El pan —murmuró su esposa.
—Haced que preparen relevos, y huid —dijo Pelissón.
—¿A dónde?
—A Suiza, a Saboya, pero huid.
—Si monseñor huye —dijo la Belliere—, dirán que es culpable y que ha tenido miedo.
—Más todavÃa —repuso Fouquet—, dirán que me he llevado veinte millones.
—Escribiremos memorias para justificaros —dijo La Fontaine—; huid.
—Me quedo —replicó Fouquet—; además ¿no se me presenta todo bien?
—Poseéis Belle-Isle —exclamó el cura Fouquet.
Y allá voy en lÃnea recta al encaminarme a Nantes —repuso el superintendente—. Asà pues, tengamos paciencia.
—Pero antes de llegar a nantes, ¡cuánto camino! —objetó la esposa del ministro.