El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —Lo sé —replicó Fouquet—, pero ¿qué hacer? El rey me llama a los estados, y aunque sé que es para perderme, no puedo menos de partir, so pena de mostrarme receloso.
—Pues bien —dijo Pelissón—, yo he hallado la manera de conciliarlo todo. Vais a partir para nantes, pero con algunos amigos y en vuestra carroza hasta Orleans, donde os embarcaréis en nuestro buque que os conducirá hasta el fin del camino. Estad preparado para defenderos si os atacan, y para huir si os amenazan. En una palabra, por lo que pueda suceder llevad todo el dinero que tengáis a mano; luego, y cuando queráis os acercáis al mar y os embarcáis para Belle-Isle, y desde allà os dirigÃs adonde os plazca, semejante al águila que sale y hiende el espacio cuando la desalojan de su nido.
Las palabras de Pelissón fueron acogidas con general aprobación.
—SÃ, haced eso —dijo la esposa de Fouquet a su marido.
—Hacedlo —repitieron todos los amigos del superintendente.
—Lo haré —contestó Fouquet.
—Esta tarde misma.
—Dentro de una hora.
—Inmediatamente.