El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —Las setecientas mil libras os servirán de base para labrar una nueva fortuna —dijo el padre Fouquet—; porque ¿quién nos impedirá que en Belle-Isle armemos corsarios?
—Y si fuere menester, saldremos a descubrir un nuevo mundo —añadió La Fontaine, lleno de proyectos y de entusiasmo.
Un golpe dado a la puerta interrumpió aquel concurso de alegrÃa y de esperanzas.
—¡Un correo del rey! —anunció el maestro de ceremonias.
Al anuncio siguió un silencio más profundo, como si el mensaje de que era portador el correo hubiera sido una respuesta a todos los proyectos concebidos un instante hacÃa.
Todos esperaban a ver qué hacÃa Fouquet, cuya frente estaba cubierta de sudor, y que en realidad estaba entonces bajo el dominio de su calentura.
Fouquet se fue a su gabinete para recibir el mensaje de Su Majestad.
Era tal el silencio, que desde el comedor se oyó la voz de Fouquet, que respondió:
—Está bien, caballero.
Aquella voz estaba alterada por la emoción.