El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro Casi en seguida Fouquet llamó a Gourville, que atravesó la galería en medio de la expectación universal, y por fin reapareció entre sus convidados; pero no pálido y descompuesto como al salir, sino lívido y desconocido. Espectro viviente, Fouquet se adelantaba con los brazos caídos y seca la boca, como cadáver que viniese a saludar a sus amigos de la vida. Al ver al ministro, todos se levantaron y se abalanzaron a él deshaciéndose en lamentos. Fouquet miró a Pelissón, se apoyó en su esposa, y estrechó la mano a la Belliere.
—¿Y bien? ¿Qué pasa? —preguntaron todos a una.
Fouquet abrió su crispada y sudorosa mano derecha y mostró un papel sobre el cual, y lleno de espanto, se precipitó Pelissón, que leyó las siguientes líneas de puño y letra del rey:
Mi querido y estimado señor Fouquet: del dinero nuestro que todavía queda en vuestro poder, dadnos setecientas mil libras que nos hacen falta hoy para nuestra partida.
Sabiendo que vuestra salud no es buena, suplicamos a dios que os la devuelva y os tenga en su santa guarda. Luis.
La presente sirve de recibo.
Un murmullo de espanto circuló por la sala…
—Bueno —exclamó Pelissón a su vez—, habéis recibido esta carta, ¿no es así?