El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —Asà es —respondió Fouquet.
—¿Qué pensáis hacer?
—Nada, pues la he recibido. Si la he recibido es señal de que la he pagado —repuso el superintendente con naturalidad que arrancó el corazón de sus amigos.
—¡Qué habéis pagado! —exclamó la esposa de Fouquet con desesperación—. ¡Entonces estamos perdidos!
—Vaya, dejémonos de palabras inútiles —dijo Pelissón—. Ya que habéis perdido el dinero, salvad la vida. ¡A caballo, monseñor! ¡A caballo!
—¡Pero si no puede sostenerse en pie!
—¡Ah! —dijo el intrépido Pelissón—, si entramos en reflexiones…
—Tiene razón —murmuró Fouquet.
—¡Monseñor! ¡Monseñor! —gritó Gourville subiendo de cuatro en cuatro los peldaños de la escalera.
—¿Qué hay?
—Como sabéis, he salido acompañando al correo de su Majestad con el dinero. Pues bien, al llegar a palacio he visto…
—Toma un poco de aliento, amigo mÃo, estás sofocado.
—¿Qué habéis visto? —preguntaron con impaciencia los amigos.
—He visto a los mosqueteros montar a caballo.
—Veis, veis —exclamaron todos.