El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro Circuló aquella noche por la ciudad el rumor de que el rey venÃa apresuradamente en caballos de posta, y que se le esperaba entre diez y once.
El pueblo, esperando al rey, se regocijaba viendo a los mosqueteros, recién llegados con su capitán D’Artagnan, y alojados en el palacio, en el que daban guardias de honor en todas las puertas.
D’Artagnan, que era muy cortés, como a las diez de la mañana se presentó en la habitación del superintendente para ofrecerle sus respetos, y aunque éste sufrÃa de calentura, y estaba hecho un mar de sudor, se empeñó en recibir a D’Artagnan, que quedó contento de tal distinción, como se verá por la conversación que ambos tuvieron.
Fouquet se acostó como quien ama la vida y economiza todo lo posible el delgadÃsimo hilo de la existencia.
D’Artagnan apareció en el umbral del dormitorio y fue saludado con afabilidad por el superintendente.
—Buenos dÃas, monseñor —respondió el mosquetero—. ¿Qué tal os encontráis del viaje?
—Bastante bien, gracias.
—¿Y la calentura?
—Bastante mal. Como veis, estoy bebiendo. Apenas he sentado la planta en Nantes, le he impuesto una contribución de tisana.
—Lo que primero debéis procurar es dormir, monseñor.