El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—De muy buena gana lo haría, señor de D’Artagnan.

—¿Qué os lo impide, monseñor?

—En primer lugar, vos.

—¿Yo? ¡Ah! monseñor…

—Sin duda. ¿Por ventura aquí, como en París, no venís en nombre del rey?

—¡Por Dios! monseñor —replicó el capitán—, dejad en reposo a Su Majestad. El día que venga de parte del rey para lo que vos queréis decir, os doy palabra de no haceros languidecer. Me veréis empuñar la espada, según la ordenanza, y me oiréis decir de golpe y con ceremonia: Monseñor, os arresto en nombre del rey. Fouquet se estremeció, tan natural y robusto había sido el acento del agudo gascón, tan parecida había sido la ficción a la realidad.

—¿Me prometéis tal franqueza? —dijo Fouquet.

—Palabra. Pero no hemos llegado a tal extremo.

—¿Qué os lo hace creer, señor de D’Artagnan? Yo creo lo contrario.

—El que no he oído hablar de nada.

—¡Je! ¡je!

—¡Diantre! veo que a pesar de la fiebre estáis de buen humor —replicó el mosquetero—. El rey no puede ni debe impedir que uno os quiera de todo corazón.

—¿Y creéis que Colbert me quiere también tanto como decís? —repuso el ministro haciendo una mueca.


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