El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—¿Quién os habla de Colbert? —dijo D’Artagnan—. Colbert es un hombre excepcional. Quizá no os quiera; pero la ardilla puede preservarse de la culebra por poco que se empeñe en ello.

—Veo que me estáis hablando como amigo, señor de D’Artagnan, en mi vida he encontrado hombre de más ingenio y de más corazón que vos.

—Es favor que me hacéis; pero os ponéis ronco, monseñor. Bebed.

D’Artagnan tomó una taza de tisana y se la ofreció con la más cordial amistad a Fouquet, que la tomó y dio las gracias con una sonrisa.

—Esas cosas no le suceden a nadie más que a mí —exclamó D’Artagnan—. He pasado diez años ante vuestras barbas, cuando apaleabais el dinero, distribuíais en pensiones cuatro millones anuales, sin que repararais en mí, y advertís que estoy en el mundo, precisamente en el momento…

—En que voy a derrumbarme. Es verdad, mi querido señor de D’Artagnan. Pues bien, si caigo, tened por verdad lo que voy a deciros, no pasará día sin que me diga a mí mismo y golpeándome la frente: ¡Oh mortal insensato!, ¡teníais a la mano al señor de D’Artagnan y no te serviste de él, y no le enriqueciste!

—Me enorgullecéis, monseñor —repuso el capitán—, y estoy encantado de vos.


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