El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —¿No es verdad que estoy bien señalado, capitán? ¿No es verdad que el rey me ha traÃdo aquà para aislarme de ParÃs, donde tengo tantos amigos, y para apoderarse de Belle-Isle?
—Donde está Herblay —repuso D’Artagnan.
Fouquet levantó la cabeza.
—En cuanto a mÃ, monseñor —prosiguió D’Artagnan—, puedo afirmaros que el rey nada me ha dicho contra vos.
—¿De veras?
—Me ordenó que viniera, es cierto, y que nada dijese al señor de Gesvres.
—Amigo mÃo.
—Al señor de Gesvres —continuó el mosquetero—. El rey me ordenó también que me trajese una brigada de mosqueteros, lo cual es superfluo en la apariencia, ya que aquà está todo tranquilo.
—¿Una brigada? —dijo Fouquet incorporándose.
—Noventa y seis jinetes, monseñor, igual número que tomaron para arrestar a los señores de Chalais, de Cinc-Mars y Montmorency.
—¿Qué más? —preguntó el superintendente aguzando los oÃdos al escuchar aquellas palabras vertidas sin intención aparente.