El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—Otras órdenes insignificantes, tales como guardar el palacio, vigilar todas las habitaciones y no dejar que esté de centinela ningún soldado del señor Gesvres, vuestro amigo.

—Y respecto de mí, ¿qué órdenes os dio Su Majestad?

—Nada me dijo.

—Señor de D’Artagnan, va en ello mi honra, y quizá mi vida. ¿No me engañáis?

—¿Yo engañaros?, ¿con qué objeto? ¿Acaso estáis amenazado? Ahora, tocante a las carrozas y a las barcas, sí, hay una orden…

—¿Una orden?

—Sí, monseñor, pero no os concierne. Es una simple disposición de policía.

—¿Cuál, capitán?, ¿cuál?

—Que no puede salir caballo ni barca de Nantes sin salvoconducto firmado del rey.

—¡Dios me valga! pero…

—Bien —repuso D’Artagnan riéndose—, pero esa orden no estará vigente hasta que haya llegado Su Majestad a Nantes. Ya veis pues, que la orden nada tiene que ver con vos.

Fouquet se quedó pensativo; pero el mosquetero hizo como que no advertía su preocupación.


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