El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—Para que yo os confíe el tenor de las órdenes que me han dado —prosiguió D’Artagnan—, es menester que os profese hondo afecto y que tenga empeño en que ninguna vaya dirigida contra vos.

—Sin duda —repuso con distracción el ministro.

—¿Sabéis, señor Fouquet, que si en lugar de habérmelas con un hombre como vos, que sois uno de los primeros del reino, me las hubiera con una conciencia turbada e inquieta, me comprometía para siempre? ¡Qué buena ocasión la presente para quien quisiere poner tierra por medio! Ni policía, ni guardias, ni órdenes; libre el agua, expedito el camino, el señor de D’Artagnan obligado a prestar sus caballos si se los pidieran… Eso debe tranquilizaros, monseñor; porque es obvio que, de sustentar malos designios, el rey no me habría dejado tan independiente. En verdad, señor Fouquet, pedidme cuanto os agrade; estoy a vuestra disposición. Lo único que reclamo de vos, si consentís, es que de mi parte saludéis a Aramis y a Porthos, digo si os embarcáis para Belle-Isle, como tenéis derecho a hacerlo, en el acto, de bata, como estáis.

Con esto y una profunda reverencia, el mosquetero, cuyas miradas no habían perdido nada de su inteligente benevolencia, salió del dormitorio y desapareció; pero aun no había legado a las gradas del vestíbulo, cuando Fouquet, fuera de sí, tiró del cordón de la campanilla y gritó:


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