El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —¡Mis caballos!, ¡mi esquife!
El superintendente, al ver que nadie le respondÃa, se vistió con lo que encontró a mano.
—¡Gourville!… ¡Gourville!… —gritó el ministro.
Gourville entró pálido y jadeante.
—¡Partamos!, ¡partamos! —exclamó el superintendente al ver a su amigo.
—Es demasiado tarde —contestó Gourville.
—¡Demasiado tarde!, ¿por qué?
—¡Escuchad!
Ante el palacio se oÃa el rumor de trompetas y tambores.
—¿Qué es eso, Gourville?
—Llega el rey, monseñor.
—¡El rey!
—El rey, que ha venido a marchas forzadas y reventando caballos y se ha anticipado ocho horas a todos los cálculos.
—¡Estamos perdidos! —murmuró Fouquet—. ¡Ah! buen D’Artagnan, has hablado demasiado tarde.
En efecto, en aquel instante el rey llegaba a Nantes, y a poco tronaron los cañones de las murallas y los de un buque de guerra anclado en el rÃo.
Fouquet frunció el ceño, llamó a sus ayudas de cámara e hizo que le pusieran el traje de ceremonia.