El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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Desde su ventana y al través de las cortinas, el ministro vio la impaciencia del pueblo y gran número de soldados que habían seguido al príncipe sin que pudiese adivinarse cómo.

El rey fue conducido a palacio con gran pompa, y Fouquet le vio apearse al pie del rastrillo y hablar al oído de D’Artagnan que le tenía el estribo.

Apenas el rey hubo pasado la bóveda de entrada, el capitán se encaminó a casa de Fouquet, pero con lentitud y parándose tantas veces para hablar a sus mosqueteros, formados en línea, que no parecía sino que contaba los segundos a los pasos antes de cumplir la comisión que le dio el rey.

Al verle en el patio, el superintendente abrió la ventana para hablar con él.

—¡Cómo! ¿«aún» estabais aquí, monseñor? —preguntó D’Artagnan.

—Sí, señor —respondió Fouquet exhalando un suspiro—; la llegada del rey me ha sorprendido en lo mejor de mis proyectos.

—¡Ah!, ¿sabéis que el rey acaba de llegar?

—Le he visto. ¿Y ahora venís de su parte?

—A informarme de vuestra salud, monseñor, y si no es demasiado delicada, rogaros que os presentéis en palacio.

—Sin perder minuto, señor de D’Artagnan.


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