El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —El señor superintendente está ahà —replicó D’Artagnan.
—Que le introduzcan aquà dentro de diez minutos —dijo el rey despidiendo con un ademán al gascón.
Éste salió, pero apenas hubo llegado al pasillo, al extremo del que Fouquet estaba aguardando, cuando volvió a llamarle la campanilla del monarca.
—¿No ha manifestado extrañeza alguna? —preguntó Luis XIV.
—¿Quién, Sire?
—«Fouquet» —repitió el rey sin decir señor, particularidad que confirmó en sus sospechas al capitán de mosqueteros.
—No, Sire.
—Está bien, podéis marcharos.
Fouquet no se habÃa movido de la azotea donde le dejó su guÃa, y estaba leyendo nuevamente la carta, concebida en estos términos:
Se trama algo contra vos, y si no se atreven en palacio, será cuando regreséis a vuestra casa, ya cercada por los mosqueteros. No entréis en ella, sino dirigios detrás de la explanada, donde os espera un caballo blanco.