El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—¿Nada tiene que decirme Vuestra Majestad sobre la reunión de los estados?

—No.

—¿A mí, superintendente de hacienda?

—Os ruego que descanséis; nada más tengo que deciros.

Fouquet se mordió los labios y bajó la cabeza con señales evidentes de meditar algo grave.

—¿Acaso os fastidia veros obligado a descansar? —dijo el rey, contaminado por la inquietud que se veía en el rostro del ministro.

—Sí, Sire, no estoy acostumbrado al reposo.

—Estáis enfermo y es menester que os cuidéis.

—¿No me ha hablado Vuestra Majestad de un discurso que debe pronunciarse mañana?

Esta pregunta le turbó, el rey no respondió.

Fouquet sintió el peso de aquella vacilación, y creyó ver en los ojos del príncipe el peligro que él precipitaría con sus recelos. «Si hago ver que tengo miedo», pensó el ministro, «estoy perdido».

Al monarca, le tenía desasosegado la desconfianza de Fouquet.

«Como la primera palabra que me dirija sea dura», continuó el ministro pensando, «si se irrita o finge irritarse para tomar un pretexto, ¿cómo salgo del apuro? Suavicemos la pendiente. Gourville tenía razón». Y alzando la voz, dijo de pronto:


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