El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —Sire, pues veláis por mi salud hasta el punto de dispensarme de todo trabajo, ¿os dignarÃais excusarme de asistir al consejo de mañana? Asà podrÃa pasar en cama el dÃa, y probarÃa un remedio contra estas malditas fiebres si tuvieseis a bien cederme vuestro médico.
—Concedido. Os enviaré mi licencia para mañana, os enviaré mi médico, y recobraréis la salud.
—Gracias, Sire —dijo Fouquet inclinándose. Y tomando una resolución prosiguió:
—¿Tendré la honra de conducir a Vuestra Majestad a Belle-Isle, a mi casa? —El ministro miró cara a cara al rey para juzgar del efecto de su proposición.
—¿Sabéis lo que decÃs? —replicó el monarca sonrojándose otra vez y esforzándose en sonreÃrse—. ¿Belle-Isle vuestra casa?
—Es cierto, Sire.
—¿Habéis olvidado —prosiguió Luis XIV con el mismo tono jovial—, que me donasteis Belle-Isle?
—No lo he olvidado, Sire, pero como todavÃa no habéis tomado posesión de ella, ahora podrÃais hacerlo.
—Con mucho gusto.
—Por otra parte ésta era la intención de Vuestra majestad, que era la mÃa, y no sabrÃa deciros cuán satisfecho y orgulloso me he sentido al ver venir de ParÃs toda la casa militar del rey para esa toma de posesión.