El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—No he traído solamente para eso a mis mosqueteros —balbuceó el rey.

—Lo supongo —dijo con viveza el superintendente—: Vuestra Majestad sabe muy bien que le basta ir solo a Belle-Isle con un bastoncito para que a su presencia se derrumben todas las fortificaciones.

—No —exclamó el rey—, no quiero que unas fortificaciones tan costosas se derrumben. Queden en pie contra los holandeses y los ingleses. Lo que yo deseo ver en Belle-Isle, no lo adivinaríais: son las hermosas campesinas, solteras y casadas, del interior o de la costa, que bailan tan bien y son tan seductoras con sus sayas rojas. Me han dicho grandes alabanzas de vuestras vasallas, señor superintendente; mostrádmelas.

—Cuando Vuestra Majestad quiera.

—¿Tenéis dispuesto algún buque?

—No, Sire —respondió el superintendente, que vio la poco hábil indirecta—; como ignoraba que Vuestra Majestad tuviera tal deseo, y sobre todo que tuviese tanta prisa por ver a Belle-Isle, no he hecho preparativos.

—Sin embargo, ¿no tenéis una embarcación?

—Cinco poseo, Sire, pero unas están en Port y otras en Paimboeuf, y para legar adonde están y hacer que vengan, se necesitan a lo menos veinticuatro horas. ¿Quiere Vuestra Majestad que envíe un correo o que vaya yo por alguna de ellas?


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