El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —Dejad que pase vuestra calentura. Aguardad a mañana.
—DecÃs bien, Sire… ¿Quién sabe qué ideas tendremos mañana? —replicó Fouquet, ya libre de toda duda e intensamente pálido.
El rey se estremeció y alargó la mano hacia su campanilla; pero el ministro se le anticipó, diciendo:
—Sire, me da la calentura y estoy tiritando. Si estoy aquà un segundo más, es fácil que me desmaye. Déme Vuestra majestad licencia para ir a acostarme.
—En efecto, tiritáis, y da compasión veros. Recogeos, señor Fouquet; ya enviaré a preguntar por vuestra salud.
—Vuestra Majestad me colma de atenciones. Dentro de una hora estaré mucho mejor.
—Quiero que alguien os acompañe —dijo el rey.
—Como os plazca, Sire; de buena gana me apoyarÃa en el brazo de alguno.
—¡Señor de D’Artagnan! —gritó el rey tocando de la campanilla.
—¡Oh! Sire —repuso Fouquet riéndose de un modo que dio calambres al soberano—, ¿para que me acompañe a mi casa me dais al capitán de mosqueteros? Es un honor muy equÃvoco, Sire. Me basta un simple lacayo.
—¿Por qué, señor Fouquet? ¿No me acompaña a mà el señor de D’Artagnan?