El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —SÃ, Sire; pero cuando os acompaña es para obedecer, en tanto que yo…
—¿Qué?
—En tanto que yo, Sire, si entro en mi casa con vuestro capitán de mosqueteros, la gente va a decir que habéis mandado arrestarme.
—¡Arrestaros! —profirió Luis XIV, poniéndose todavÃa más pálido que Fouquet.
—¿Por qué no, Sire? —prosiguió Fouquet sin cesar de reÃrse—. Y apostarÃa que algunos se alegrarÃan de ello.
Esta salida desconcertó al monarca que, gracias a la habilidad de Fouquet, retrocedió ante la apariencia del golpe que estaba meditando, y al ver entrar a D’Artagnan, ordenó a éste que designara un mosquetero para que acompañase al superintendente.
—Es inútil —repuso Fouquet—; espada por espada, prefiero a Gourville, que me está aguardando abajo; pero esto no impide que yo goce de la compañÃa del señor D’Artagnan, que me gustarÃa que viese Belle-Isle, siendo tan perito en materia de fortificaciones. D’Artagnan se inclinó sin comprender nada.
Fouquet hizo una nueva reverencia, y se salió afectando la lentitud del hombre que se pasea; una vez fuera de palacio, dijo entre sà mientras desaparecÃa entre la muchedumbre: