El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—Lo presencié en mi infancia, y no quiero presenciarlo otra vez. ¿Habéis oído? Pues manos a la obra, y no volváis sino con las llaves de la plaza.

—Es esta una misión que, si la desempeñáis bien —dijo Colbert al gascón—, os dará el bastón de mariscal de Francia.

—¿Por qué me decís si la desempeño bien?

—Porque es difícil.

—¿En qué?

—En Belle-Isle tenéis amigos, y a hombres como vos no les es tan fácil pasar por encima del cuerpo de un amigo para triunfar.

D’Artagnan bajó la cabeza, mientras Colbert se volvía al gabinete del rey.

Un cuarto de hora después el gascón recibió por escrito la orden de hacer volar a Belle-Isle, en caso de resistencia, y confiriéndole el derecho de todo justicia sobre todos los habitantes de la isla o «refugiados», con prescripción de no dejar escapar ni uno.

—Colbert tenía razón —dijo entre sí D’Artagnan—, mi bastón de mariscal va a costar la vida a mis dos amigos. Pero se olvidan que mis amigos son listos como los pájaros, y que no aguardarán a que les caiga encima la mano del pajarero par desplegar las alas; y yo voy a mostrarles tan bien la mano, que tendrán tiempo de verla. ¡Pobre Porthos, pobre Aramis! No, mi fortuna no os costará ni una pluma de vuestras alas.


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