El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro En efecto, el rey llamó a sus secretarios, y al mosquetero.
—Aquà estoy, Sire —dijo D’Artagnan.
—Dad al señor de Saint-Aignán veinte mosqueteros para que custodien al señor Fouquet.
D’Artagnan y Colbert cruzaron una mirada.
—Y que desde Angers trasladen al preso a la Bastilla de ParÃs —continuó el monarca.
—Tenéis razón —dijo el capitán al ministro.
—Saint-Aignán —prosiguió Luis XIV—, mandaréis fusilar a todo el que hable por el camino en voz baja al señor Fouquet.
—¿Y yo, Sire? —preguntó Saint-Aignán.
—Vos solamente le hablaréis en presencia de los mosqueteros.
Saint-Aignán hizo una reverencia y salió para hacer ejecutar la orden; y D’Artagnan iba a retirarse también, cuando el rey le detuvo, diciéndole:
—Vais a salir inmediatamente para tomar posesión de la isla del feudo de Belle-Isle.
—¿Yo solo, Sire?
—Llevaos cuantas tropas sean necesarias para no sufrir un descalabro si la plaza se resiste.
Del grupo de cortesanos partió un murmullo de incredulidad aduladora.
—Ya se ha visto —repuso D’Artagnan.