El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —¿Yo perseguir al señor Fouquet? ¡Nunca! Lo que yo querÃa era administrar la hacienda, pero solo, porque soy ambicioso, y sobre todo porque tengo la más grande confianza en mi mérito; porque sé que todo el dinero de Francia ha de venir a parar a mis manos, y me gusta ver el dinero del rey; porque si me quedan treinta años de vida, en ese tiempo no me quedará para mà ni un óbolo; porque con el dinero que yo obtenga voy a construir graneros, edificios y ciudades y a abrir puertos; porque fundaré bibliotecas y academias, y convertiré a mi patria en la nación más grande y más rica del mundo. He ahà las causas de mi animosidad contra el señor Fouquet, que me impedÃa obrar. Además, cuando yo sea grande y fuerte, y sea fuerte y grande la Francia, a mi vez gritaré: ¡Misericordia!
—¿Misericordia, decÃs? Pues pidamos al rey la libertad del señor Fouquet, en quien Su Majestad no se ensaña sino por vos.
—Señor de D’Artagnan —repuso Colbert irguiéndola cabeza—, yo no entro ni salgo en esto; vos sabéis que el rey tiene una enemistad personal contra el señor Fouquet.
—El rey se cansará, y olvidará.
—Su Majestad nunca olvida, señor de D’Artagnan… ¡Hola! el rey llama y va a dar una orden… Ya veis que yo no he influido para nada. Escuchad.