El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—Lo que el rey os ha dicho —repuso Colbert estrechando la mano de D’Artagnan—, prueba cuánto conoce su Majestad a los hombres. La encarnizada oposición que hasta hoy he desplegado, no contra individuos, sino contra abusos, prueba que no tenía otro fin que el de prestar a mi señor un gran reinado, y a mi patria un gran bienestar. Tengo muchos planes, señor D’Artagnan, y los veréis desenvolverse al sol de la paz; y si no tengo la certidumbre y la dicha de conquistarme la amistad de los hombres honrados, a lo menos estoy seguro de conseguir su estima, y por su admiración daría mi vida.

Aquel cambio, aquella súbita elevación y las muestras de aprobación del soberano, dieron mucho que pensar al mosquetero; el cual saludó muy cortésmente a Colbert, que no le perdía de vista.

El rey, al verlos reconciliados les despidió y una vez fuera del gabinete, el nuevo ministro detuvo al capitán y le dijo:

—¿Cómo se explica, señor de D’Artagnan, que un hombre tan perspicaz como vos no me haya conocido a la primera mirada?

—Señor Colbert —contestó el mosquetero—, el rayo de sol en los ojos propios impide ver el más ardiente brasero. Cuando un hombre ocupa el poder, brilla, y pues vos habéis llegado a él, ¿qué sacaríais en perseguir al que acaba de perder el favor del rey y ha caído de tal altura?


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