El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —Y además —prosiguió el gigante, a quien el asentimiento del obispo de Vannes despertaba las ideas—, si las barcas hubiesen naufragado, hubiera llegado algún resto a estas playas.
—Lo he notado como vos.
—Reparad también en que las dos únicas barcas que quedaban en toda la isla y a las cuales envié en busca de las demás… —Aramis interrumpió a su compañero con un grito y un movimiento tan repentinos, que Porthos se calló estupefacto.
—¡Cómo! —exclamó Aramis—, ¿vos habéis enviado las dos barcas?…
—A buscar las demás, sà —respondió con sencillez Porthos.
—¡Ah, desventurado! ¿Qué habéis hecho?, ¡entonces estamos perdidos!
—¡Perdidos! —exclamó el gigante despavorido—. ¿Por qué estamos perdidos, Aramis?
—Nada, nada —repuso el obispo mordiéndose los labios—. Quise decir…
—¿Qué?
—Que si quisiéramos dar un paseo por el mar, no podrÃamos.