El hombre de la máscara de hierro

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—A pesar de eso —continuó Porthos, que estaba tanto más aferrado a su idea—, no me dais explicación alguna respecto a lo que pueda haber sucedido al las desventuradas barcas. Doquiera paso, oigo ayes y lamentos; los niños lloran al ver llorar a las mujeres, como si yo pudiese restituir a los unos sus padres, y a las otras sus esposos. ¿Qué suponéis vos, y qué debo responderles?

—Supongámoslo todo, mi buen Porthos, y nada digamos. Éste, poco satisfecho de tal respuesta, volvió la cabeza y profirió algunas palabras de mal humor.

—¿Os acordáis —dijo Aramis con melancolía y estrechando con afectuosa cordialidad ambas manos a Porthos—, que en los hermosos días de nuestra juventud, cuando éramos fuertes y valientes, los otros dos y nosotros nos hubiéramos vuelto a Francia sinos hubiese dado la gana, sin que nos hubiera detenido esa sábana de agua salada?

—¡Oh, seis leguas! —repuso Porthos.

—¿Os habríais quedado en tierra, si me hubieseis visto embarcarme en una tabla?

—No, Aramis, no; pero hoy ¡qué tabla no necesitaríamos, yo sobre todo! —dijo el señor de Bracieux riéndose con orgullo y lanzando una mirada a su colosal redondez. Y añadió—: ¿Formalmente no os aburrís un poco en Belle-Isle? ¿No preferiríais a esto las comodidades de vuestro palacio de Vannes?


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