El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —No —respondió Aramis, sin atreverse a mirar a Porthos.
—Pues quedémonos —repuso él suspirando. Y agregó—: Sin embargo, como nos propusiéramos de veras, pero bien de veras, volvernos a Francia, aunque no pudiésemos disfrutar de barca alguna…
—¿Habéis notado otra cosa, mi querido amigo? Desde la desaparición de nuestras barcas, durante esos dos dÃas en que no ha vuelto ninguno de nuestros pescadores no ha abordado a esta isla ni una mÃsera barquichuela.
—Es verdad; antes de estos funestos dÃas, veÃamos llegar barcas y lanchas.
—Habrá que informarse —dijo de repente Aramis—. Aun cuando deba hacer construir una balsa…
Aramis continuó paseándose con todas las señales de una agitación creciente.
Porthos, que se cansaba siguiendo los febriles movimientos de su amigo, y en su calma y en su credulidad no comprendÃa el por qué de aquella exasperación que se resolvÃa en sobresaltos continuos, detuvo al Aramis y le dijo:
—Sentémonos en esta roca, uno junto a otro… Ahora os conjuro por última vez que me expliquéis de manera que yo lo comprenda qué hacemos aquÃ.
—Porthos… —dijo Aramis con turbación.