El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—Sé que el falso rey ha intentado destronar al rey legítimo. Esto lo comprendo. ¿No es falso lo que me dijisteis?

—Sí —respondió Aramis.

—Sé, además, que el falso rey ha proyectado vender Belle-Isle a los ingleses. Eso también lo comprendo. Y sé y comprendo que nosotros, ingenieros y capitanes, hemos venido a Belle-Isle para tomar la dirección de las obras de defensa y el mando de diez compañías reclutadas y pagadas por el señor Fouquet, o más bien, de las diez compañías de su yerno.

Aramis se levantó con impaciencia, como león importunado por un mosquito, pero Porthos le retuvo por el brazo, y prosiguió:

—Mas lo que no comprendo, lo que, a pesar de todos los esfuerzos de mi inteligencia y de mis reflexiones, no acierto ni acertaré a comprender, es que en vez de enviarnos hombres, víveres y municiones, nos dejen sin embarcaciones y sin auxilio; que en vez de establecer con nosotros una correspondencia, por señales, o por comunicaciones escritas o verbales, intercepten toda la relación con nosotros. Vamos, Aramis, respondedme, o más bien antes de hacerlo dejad que os diga lo que pienso.

El obispo levantó la cabeza.

—Pues bien, lo que yo creo es que en Francia ha pasado algo grave. Toda la noche la he pasado soñando con el señor Fouquet.


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