El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—¿Qué es lo que se ve allá abajo, Porthos?

—Interrumpió de pronto Aramis levantándose y mostrando a su amigo un punto negro que resaltaba sobre la encendida faja del mar.

—¡Una embarcación! Sí, es una embarcación. ¡Ah, por fin vamos a tener noticias!

—¡Dos! —dijo el prelado descubriendo otra arboladura—, ¡tres, cuatro!

—¡Cinco! —repuso Porthos a su vez—. ¡Seis! ¡Siete! ¡Dios mío, es una flota!

—Probablemente son nuestras barcas que regresan —dijo Aramis desasosegado, con fingida serenidad.

—Son muy grandes para ser barcas de pescar —objetó Porthos—; y además, ¿no notáis que vienen del Loira? Mirad, todo el mundo las ha visto aquí como nosotros; las mujeres y los niños empiezan a poblar las escolleras.

—¿Son nuestras barcas? —preguntó Aramis a un anciano pescador que pasó en aquel instante.

—No, monseñor —respondió el interpelado—, son chalanas del servicio real.

—¡Chalanas del servicio real! —exclamó Aramis estremeciéndose—. ¿En qué lo conocéis?

—En el pabellón.

—¿Cómo podéis divisar el pabellón, si el buque es apenas visible? —objetó Porthos.


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