El hombre de la máscara de hierro

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—Veo que hay uno —replicó el anciano—, y nuestras barcas y chalanas mercantes no lo izan. Esa clase de pinazas que llegan, por lo general sirven para el transporte de tropas.

—¡Ah! —exclamó Aramis.

—¡Viva! —gritó Porthos—, nos envían refuerzos, ¿no es verdad, Aramis?

—Porthos —exclamó de improviso el prelado tras un corto instante de meditación—, haced que toquen generala.

—¡Generala! ¿Estáis loco?

—Sí, y que los artilleros suban a su sitio, sobre todo en las baterías de la costa.

Porthos abrió unos ojos tamaños y miró atentamente a su amigo como para convencerse de que éste estaba en su juicio.

—Si vos no vais, iré yo, mi buen Porthos —dijo Aramis con voz suave.

—Voy, voy —repuso Porthos, y dejó al obispo para hacer ejecutar la orden, mirando al cada momento hacia atrás para ver si aquél había padecido una alucinación y si, reflexionando mejor, volvía a llamarle.

Clarines y tambores tocaron generala, y la campana grande del torreón tocó a rebato.


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