El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro Los muelles se llenaron de curiosos y de soldados, y brillaron las mechas en las manos de los artilleros colocados tras los cañones de grueso calibre sentados en sus cureñas de piedra.
Cuando estuvieron cada uno en su sitio y hechos todos los preparativos de la defensa, Porthos dijo con timidez al oÃdo de Herblay:
—Ayudadme a comprender.
—Demasiado pronto comprenderéis —contestó Aramis a su teniente.
—La escuadra que llega a velas desplegadas en demanda del puerto de Belle-Isle, es la flota real, ¿no es verdad?
—Pero como en Francia hay dos reyes, hay que saber a cuál de los dos pertenece esa escuadra.
—¡Oh! acabáis de abrirme los ojos —dijo Porthos, convencido por aquel argumento; por lo cual se encaminó apresuradamente a las baterÃas para vigilar a su gente y exhortar a cada uno al cumplimiento de su deber.
Entretanto, Aramis, con la mirada siempre fija en el horizonte, veÃa las naves acercarse por momentos. La muchedumbre y los soldados, subidos sobre las cumbres y las fragosidades de las rocas, veÃan progresivamente los palos, las velas bajas y los cascos de las pinazas, que llevaban en el tope el pabellón real de Francia.