El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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Era ya noche cerrado cuando una de las chalanas cuya presencia conmovió tan hondamente a los habitantes de Belle-Isle, echó anclas a tiro de cañón de la plaza.

Aun con la obscuridad, se vio que a bordo reinaba gran movimiento, y que de uno de sus costados desatracaba un bote que, tripulado por tres remeros, avanzó hacia el puerto y atracó al pie del fuerte.

El patrón del bote saltó en tierra, y esgrimió en el aire una carta como solicitando comunicarse con alguno.

Aquel hombre, a quien conocieron inmediatamente muchos soldados, era uno de los pilotos de la isla, patrón de una de las barcas conservadas por Aramis y enviadas por Porthos a buscar las barcas perdidas.

El piloto pidió que lo condujesen donde Herblay. A una seña de un sargento, dos soldados le escoltaron hasta el muelle, donde estaba Aramis, envuelto casi en tinieblas a pesar de la luz de las hachas de viento que llevaban los soldados que seguían al obispo en su ronda.

—¡Cómo! —exclamó Herblay—, ¿eres tú, Jonatás? ¿De parte de quién vienes?

—De parte de los que me han tomado, monseñor. —¿Quién te ha atrapado?

—Ya sabéis que salimos a buscar a nuestros compañeros, monseñor.

—Pues bien, apenas hubimos navegado una legua, cuando nos apresó un quechemarín del rey.


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