El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —Dejad que tantee al bravo oficial que me acompaña —repuso D’Artagnan, que habÃa notado el silencio de Porthos—. Su valerosa resistencia me place, pues acusa a un hombre digno, que, aunque nuestro enemigo, vale mil veces más que no un cobarde complaciente. Probemos, y sepamos por su boca lo que tiene derecho a hacer, lo que le permite o le veda su consigna.
D’Artagnan fue al parapeto, se inclinó hacia los escalones del muelle, y llamó al oficial que subió inmediatamente.
—Caballero —le dijo D’Artagnan, después de haber cruzado con él las más cordiales cortesÃas—, ¿qué harÃais si quisiere llevarme conmigo a estos señores?
—No me opondrÃa a ello; pero como he recibido orden directa y formal de custodiarles personalmente, les custodiarÃa.
—¡Ah! —exclamó D’Artagnan.
—Basta, esto se ha acabado —repuso con voz sorda Herblay.
Porthos continuó callado.
—De todos modos —dijo el prelado—, llevaos a Porthos, que con mi ayuda y la vuestra probará al rey que en este asunto nada tiene que ver.
—¡Hum! —repuso el gascón—. ¿Queréis veniros conmigo, Porthos? El rey es clemente.