El hombre de la máscara de hierro

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—Ya debéis sospechar algo —replicó D’Artagnan.

—¿Yo? no, mi querido capitán: porque al fin nada he hecho, ni Aramis tampoco.

D’Artagnan lanzó una mirada de reproche al obispo, que la sintió penetras en su encallecido corazón.

—¡Ah!, ¡querido Porthos! —exclamó Aramis.

—Ya veis las disposiciones que he tomado —repuso el mosquetero—. Belle-Isle tiene interceptada toda comunicación: todas vuestras barcas han sido apresadas, y si hubierais huido, caíais en poder de los cruceros que surcan el mar y os acechan. El rey quiere tomaros y os tomará.

Y D’Artagnan se arrancó algunos pelos de su entrecano bigote.

Aramis se puso sombrío, y Porthos colérico.

—Mi idea era llevaros a bordo, teneros junto a mí, y luego daros la libertad —continuó D’Artagnan—. Pero ahora, ¿quién me dice a mí que al volver a mi buque no voy a hallar un superior, órdenes secretas que me quiten el mando para darlo a otro que disponga de mí y de vosotros sin esperanza de socorro?

—Nosotros nos quedamos en Belle-Isle —dijo resueltamente Aramis—, y yo os respondo de que no me rindo sino en buenas condiciones.

Porthos nada dijo.


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