El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—Os escucho, señor de D’Artagnan —dijo el bravo oficial.

—Esos caballeros, a quienes venimos a ver, y contra los cuales habéis recibido órdenes, son amigos míos.

—Lo sé, señor de D’Artagnan.

—Ya comprenderéis, pues, que no puedo tratarles como os lo prescriben vuestras instrucciones.

—Comprendo vuestra reserva.

—Pues bien, dejadme que hable con ellos sin testigos.

—Si accedo a vuestra petición, señor de D’Artagnan, falto a mi palabra, y si no accedo os disgusto; pero como prefiero lo primero a lo segundo, hablad con vuestros amigos y no me tengáis en menos por haber hecho, por amor a vos, a quien honro y estimo, por vos sólo, una acción villana.

D’Artagnan, conmovido, abrazó al joven y subió al encuentro de sus amigos; el oficial se embozó en su capa y se sentó en los escalones, cubiertos de húmedas algas.

Los tres amigos se abrazaron como en los buenos años de su juventud; luego dijo D’Artagnan:

—Ésta es la situación; juzgad.

—¿Qué significan tantos rigores? —preguntó Porthos.


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