El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —Vos o quienes os envĂan habĂ©is tenido la desgracia de hacerme un insulto; y como no puedo volverme contra los que os apoyan, porque no los conozco o están demasiado lejos, os juro que si dais un paso más tras mĂ al levantar yo el pie para subir al encuentro de aquellos señores… os juro, repito, que de un tajo os parto el cráneo y os arrojo al agua, y sea lo que sea. SĂłlo he montado en cĂłlera seis veces en mi vida, y cada una ha costado la vida a un hombre.
—Vuestra merced hace mal en obrar contra mi consigna —repuso con sencillez el oficial, inmóvil y palideciendo ante la que se persignó y echó tras el mosquetero.
—¡Cuidado, D’Artagnan, cuidado! —dijeron desde lo alto del parapeto Porthos y Aramis, hasta entonces mudos y conmovidos. D’Artagnan les hizo callar con un ademán, levantĂł un pie con espantosa calma para subir un escalĂłn, y, con la espada en la mano, se volviĂł para ver si le seguĂa el oficial, que se signĂł y echĂł tras el mosquetero.
Porthos y Aramis, que conocĂan a D’Artagnan, dieron un grito y se lanzaron para detener el golpe que ya creĂan seguro; pero el gascĂłn pasĂł su espada a la mano izquierda, y con voz conmovida dijo al oficial:
—Sois un valiente, y como tal vais a comprender mejor lo que ahora os diré, que lo que os dije antes.