El hombre de la máscara de hierro

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Después de abrazar con ternura a sus dos antiguos amigos, D’Artagnan dejó a Belle-Isle con el inseparable compañero que le diera Colbert, sin haber modificado la suerte de unos y otros, aparte de la especie de explicación con que se contentó el buen Porthos.

El oficial dejó respetuosamente reflexionar a sus anchas al capitán, que al llegar a su buque, acoderado a tiro de cañón de Belle-Isle, había elegido ya todos sus recursos ofensivos y defensivos.

D’Artagnan reunió inmediatamente su consejo de guerra, compuesto de ocho oficiales que servían a sus órdenes, esto es, un jefe de las fuerzas marítimas, un mayor jefe de la artillería, un ingeniero, el oficial a quien ya conocemos, y cuatro jinetes.

Reunidos todos en la cámara de popa, D’Artagnan se levantó, descubriéndose y les habló en los siguientes términos:

—Señores, he ido a reconocer a Belle-Isle, y sé deciros que está bien guarnecida y preparada para una defensa que puede ponernos en grave apuro. He resuelto, pues, mandar llamar a dos de los principales jefes de la plaza para hablar con ellos, que lejos de sus tropas y de sus cañones y, sobre todo, movidos por nuestras razones, cederán. ¿Sois de mi parecer, señores?


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