El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—Aquí están —contestó el marino exhibiendo un despacho del rey.

—He ahí vuestras instrucciones —dijo el oficial entregándole el pliego. Y volviéndose hacia D’Artagnan y viendo la desesperación de aquel hombre de bronce, añadió con voz conmovida—: Partamos, caballero.

—Al instante —profirió con voz débil el gascón, vencido, doblegado por la implacable imposibilidad.

Y bajó al bote, que singló hacia Francia con viento favorable y conducido por la marea ascendiente.

Con D’Artagnan se embarcaron también los guardias del rey.

Con todo, el gascón alentaba todavía la esperanza de llegar a Nantes con bastante presteza y de abogar con suficiente elocuencia en pro de sus amigos para inclinar al rey a la clemencia.

El bote volaba como una golondrina, y D’Artagnan veía claramente resaltar la negra línea de las costas de Francia sobre las blanquecinas nubes de la noche.

—¡Qué no diera yo para conocer las instrucciones del nuevo jefe! —dijo el mosquetero en voz baja al oficial, a quien hacía una hora que no dirigía la palabra—. Son pacíficas, ¿no es verdad? y…

No acabó; un cañonazo lejano resonó por la superficie del mar; luego resonó otro, y otros dos o tres más fuertes.


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