El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro En el momento que el señor de D’Artagnan manifieste el deseo de presentar su dimisión, queda destituido de su cargo de generalÃsimo, y ninguno de los oficiales que estén a sus órdenes debe obedecerle. Además, tan pronto el señor de D’Artagnan deje de ser generalÃsimo del ejército enviado contra Belle-Isle, deberá volver a Francia en compañÃa del oficial que ponga en sus manos el presente mensaje, y que lo custodiará bajo su responsabilidad.
El bravo e inteligente D’Artagnan palideció. Todo habÃa sido calculado con profundidad que, por primera vez, después de treinta años, le recordó la admirable previsión y la lógica inflexible del gran cardenal.
—Señor de D’Artagnan —dijo el oficial—, cuando os plazca; estoy a vuestras órdenes.
—Partamos —contestó el mosquetero rechinando los dientes.
El oficial hizo arriar inmediatamente un bote en que debÃa embarcarse D’Artagnan que, fuera de sà al ver la embarcación dijo:
—¿Cómo van a arreglarse ahora para dirigir los diferentes cuerpos del ejército?
—Partiendo vos —respondió el jefe de la escuadra—, el rey me ha confiado a mà el mando.
—Entonces es para vos este pliego —repuso el agente de Colbert dirigiéndose al nuevo jefe—. Vemos nuestros poderes.