El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—Señores, puesto que Su Majestad ha encargado el cumplimiento de sus órdenes secretas a otro que a mí, he dejado de merecer su confianza, y de ella sería verdaderamente indigno si tuviese el valor de conservar un mando sujeto a tantas sospechas injuriosas. Parto enseguida para presentar mi dimisión al rey, y la doy ante vosotros, instándoos a que os repleguéis conmigo sobre las costas de Francia sin comprometer fuerza alguna de las que Su Majestad me ha confiado. Vuélvase, pues, cada cual a su puesto y ordenad el regreso; dentro de una hora empezará el flujo.

Y el ver que todos se disponían a obedecer, menos el oficial celador, añadió:

—Supongo que esta vez no tendréis que oponeros orden alguna. D’Artagnan dijo esto casi en son de triunfo; aquel plan era la salvación de sus amigos; levantado el bloqueo, podían embarcarse inmediatamente y darse a la vela para Inglaterra o para España, sin temor; mientras él se presentaba al rey, justificaba su regreso con la indignación que levantaran contra él las desconfianzas de Colbert, le enviaban otra vez con amplios poderes, y se apoderaba de Belle-Isle, es decir, de la jaula sin los pájaros. Pero a estos planes se opuso el oficial, entregando otra orden del rey así concebida:


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