El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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Los oficiales se miraron como para asentir de común acuerdo a los deseos de D’Artagnan; y ya veía éste con gozo que el resultado del sentimiento de aquéllos sería el envío de un bote a Porthos y a Aramis, cuando el oficial del rey sacó de su faltriquera un pliego cerrado y señalado con un número 2, y lo entregó al mosquetero, que preguntó con sorpresa qué era aquel pliego.

—Leedlo, señor de D’Artagnan —respondió el oficial con cortesía.

D’Artagnan desdobló con desconfianza el papel y leyó lo siguiente:

Se prohíbe al señor de D’Artagnan toda reunión de consejo y toda deliberación antes de haberse rendido Belle-Isle y de haber pasado por las armas a los prisioneros. Luis.

El capitán contuvo la impaciencia y contestó sonriéndose con amabilidad:

—Está bien, quedarán cumplidas las órdenes del rey.

El golpe era directo, duro, mortal. D’Artagnan, enfurecido de que el rey se hubiese anticipado, no por eso desesperó al contrario, dando vueltas a la idea que trajera de Belle-Isle, creyó que de ella iba a surgir otro camino de salvación para sus amigos. Así pues, dijo súbitamente:


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