El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —No me interrumpáis. Ya sé que vais a decirme que tal derecho se les dio contra los ingleses, no para pelear contra su rey. Pero no es el señor Fouquet quien defiende a Belle-Isle, pues lo arresté anteayer; arresto del cual ni saben nada los habitantes y defensores de la isla, y al cual éstos no darÃan crédito por más que se lo anunciarais, por lo inaudito, por lo extraordinario, por lo inesperado. Un bretón sirve a su señor, no a sus señores, y le sirve hasta que lo ve muerto. Ahora bien, nada tiene de sorprendente que se resistan contra quien no sea el señor Fouquet o no se presente con una orden firmada por éste. Por esto me propongo mandar llamar a dos de los principales jefes de la guarnición; los cuales, al ver las fuerzas de que disponemos, comprenderán la suerte que les espera en caso de rebelión. Les haremos saber bajo la fe de nuestra palabra, que el señor Fouquet está preso, que toda resistencia no puede menos de perjudicarle, y que una vez disparado el primer cañonazo no pueden esperar misericordia alguna del rey. Entonces, yo creo que no resistirán más, que se rendirán sin luchar, y que amigablemente nos apoderaremos de una plaza que pudiera costarnos mucho el conquistarla… Supongo lo que vais a decirme —continuó D’Artagnan, dirigiéndose al oficial que le acompañó a Belle-Isle y se disponÃa a hablar—; sé que Su Majestad ha prohibido toda comunicación secreta con los defensores de Belle-Isle, por eso precisamente ofrezco comunicar con ellos únicamente en presencia de todo mi estado mayor.