El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—¿Qué debemos hacer? —preguntó un oficial de guardia.

—Detenerlas, y si no ceden, ¡fuego! —respondió Aramis.

Cinco minutos después empezó el cañoneo, cuyos ecos fueron los que llegaron a oídos de D’Artagnan al desembarcar en Francia. Pero las chalupas estaban ya demasiado cerca del muelle para que los cañones hiciesen blanco; atracaron, y el combate empezó casi cuerpo a cuerpo.

—¿Qué tenéis, Porthos? —preguntó Aramis a su amigo.

—Nada… las piernas… Es verdaderamente incomprensible… pero al cargar se repondrán.

En efecto, Porthos y Aramis cargaron con tal vigor y animaron tanto a los suyos, que los realistas se reembarcaron atropelladamente sin haber sacado más ventaja que algunos heridos que consigo se llevaron.

—¡Porthos, necesitamos un prisionero! —gritó Aramis—. ¡Pronto, pronto!

Porthos se agachó en la escalera del muelle, agarró por la nuca a uno de los oficiales del ejército real que para embarcarse esperaba que todos lo hubiesen hecho, y levantándolo, se sirvió de él como de una rodela sin que le pegasen un tiro.

—Ahí va un prisionero —dijo Porthos a su amigo.


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