El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—¿Qué tal las piernas?

—En este instante, muy bien.

—¡Lo veis! Todo conspira a darnos tranquilidad y esperanza. ¡Vive Dios! Porthos, todavía nos queda medio siglo de prósperas aventuras, y si yo llego a tierra de España, vuestro ducado no es tan ilusorio.

—Esperemos —dijo el gigante un poco contento por el nuevo calor de su compañero.

De pronto se oyeron gritos de: «¡A las armas!» cuyas voces penetraron en el aposento en que estaban los dos amigos y llenaron de sorpresa al uno y de inquietud al otro. Aramis abrió la ventana y vio correr a muchos hombres con hachas de viento encendidas, seguidos de sus mujeres, mientras los defensores acudían a sus puestos.

—¡La escuadra! ¡La escuadra! —gritó un soldado que conoció a Aramis.

—¿La escuadra? —repitió el obispo.

—Sí, monseñor, está a medio tiro de cañón —continuó el soldado.

—¡A las armas! —vociferó Aramis.

—¡A las armas! —repitió con voz tonante Porthos, lanzándose en pos de su amigo y en dirección al muelle para ponerse al abrigo de las baterías.

Vieron acercarse las chalupas cargados de soldados, formando tres divisiones divergentes para desembarcar en tres puntos a la vez.


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