El hombre de la máscara de hierro

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—Bueno, sí, por ahora estoy bien, pero hace poco sentía mis piernas débiles, y este fenómeno, como vos decís, se ha repetido cuatro veces en poco tiempo. No os digo que esto me ha asustado, pero sí que me ha contrariado, porque la vida es agradable. Tengo dinero, hermosos feudos, preciados caballos, y amigos queridos como D’Artagnan, Athos, Raúl y vos.

El admirable Porthos ni siquiera se tomó el trabajo de disimular a Herblay la categoría que le daba en sus amistades.

—Viviréis aún largos años para conservar al mundo ejemplares de hombres extraordinarios —repuso el obispo estrechándole la mano—. Descansad en mí, amigo mío; no nos ha llegado contestación alguna de D’Artagnan, y esta es buena señal; debe de haber hecho concentrar la escuadra y despejar el mar. Yo, por mi parte, hace poco he ordenado que lleven, sobre rodillos, una barca hasta la salida del gran subterráneo de Locmaría, donde tantas veces hemos cazado zorras al acecho.

—Ya, os referís a la gruta que desemboca en el Ancón por el pasadizo que descubrimos el día en que se escapó por allí aquel soberbio zorro.

—Precisamente. Si esto va mal, esconderán para nosotros una barca en aquel subterráneo, si es que no lo han hecho ya, y en el instante favorable, durante la noche, nos escapamos.

—Comprendo.


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