El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—Mi padre era más robusto que yo; pero no se llamaba Antonio, como mi abuelo, sino Gaspar, como Coligny. Fue mi padre valerosísimo soldado de Enrique III y de Enrique IV, siempre a caballo. Pues bien, mi padre, que nunca había sabido qué era el cansancio, le flaquearon las piernas una noche al levantarse de la mesa.

—Puede que hubiese cenado bien, y por eso se tambaleaba —dijo Aramis.

—¡Bah! ¿Un amigo de Bassompierre tambalearse? ¡No! Como decía, mi padre le dijo a mi madre, que hacía burla de él: «¿A ver si a mí me sale un jabalí como a mi padre?».

—¿Y qué pasó?

—Que arrostrando aquella debilidad, mi padre se empeñó en bajar al jardín en vez de meterse en la cama, y al sentar la planta en la escalera, le faltó el pie y fue a dar de cabeza contra la esquina de una piedra en la que había un gozne de hierro que le partió la sien y quedó muerto.

—Realmente son extraordinarias las circunstancias que acabáis de contar —dijo Aramis fijando los ojos en su amigo—; pero no infiramos de ellas que puede presentarse una tercera. A un hombre de vuestra robustez no le pega ser supersticioso; por otra parte, ¿en qué se ve que os flaquean las piernas? En mi vida os he visto tan campante: cargaríais en hombros una casa.


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