El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —Entonces estáis resentido conmigo.
—Tampoco.
—Pues ¿a qué esa cara lúgubre?
—Es que estoy haciendo mi testamento —dijo el buen Porthos mirando con tristeza a Herblay.
—¡Vuestro testamento! —exclamó el obispo—. ¡Qué!, ¿os tenéis por perdido?
—No, pero me siento fatigado. Ésta es la primera vez que me sucede, y como en mi familia hay cierta herencia…
—¿Cuál?
—Mi abuelo era hombre dos veces más robusto que yo.
—¡Diantre! ¿Acaso era Sansón vuestro abuelo?
—No, se llamaba Antonio. Pues sÃ, mi abuelo tenÃa mi edad cuando, al partir un dÃa para la caza, le flaquearon las piernas, lo cual nunca le habÃa pasado.
—¿Qué significaba tal fatiga?
—Nada bueno, como vais a verlo; porque a pesar de quejarse de la debilidad de piernas partió para la caza, y un jabalà le hizo frente y él le tiró un arcabuzazo que falló y la bestia le abrió a él un canal.
—Ésta no es razón para que os alarméis.